En mitad de una habitación completamente a oscuras un par de personas, cada una con su sexo, retozan en ropa interior sobre la cama. Uno sobre el otro se dedican a morderse los labios, a cambiarse las lenguas, a morderse en el cuello y a acariciar la piel ajena como no lo hacen con la suya.
Cada vez pasan más tiempo pegados, ya no se separan ni para respirar, eso es secundario, lo importante es besar, besar mucho, besar en muchos sitios distintos, chupar la mitad ácida mitad salada piel hasta que la lengua esté completamente seca. Y, por supuesto, volver a empaparla en la boca del otro.
Pero todo esto no se convierte en una rutina, cada ciclo añade una novedad al anterior, unas veces se va más lejos de la estación base, incluso hasta la planta del pie, otras, de repente desaparece otra pieza del conjunto y ya hay cosas nuevas que hacer. Como la vez que aparecen los pezones duros y suaves como guijarros de un río, parece que siempre han sido parte de la boca de él. Lo cierto es que se entienden perfectamente con la presión de su boca, con el esmalte de sus dientes, con las cositas esas que hacen rugosita la lengua. Y, desde luego, con la saliva, ese prodigioso invento del cuerpo que hace que se escurran todos los tipos de la misma piel que habita en un cuerpo.
Las manos de hombre que sujetan ambas tetas las aprietan sucesivas veces. Desde fuera podría parecer que no existe ningún tipo de ritmo, pero todo está perfectamente sincronizado con los ruiditos, con la boca y con las miradas pícaras que se intuyen por el resplandor de las tinieblas en las pupilas. De repente la orquesta hace un descanso, deja lo que estaba haciendo y se pone a descender suave y lentamente, llenando de besos el eje del cuerpo. Solo se detiene para que la curiosa lengua inspeccione el ombligo. Lo hace porque le contaron que ahí se encontrada el centro de gravedad. Ese que da tantos problemas porque el muy mamón se esconde para que los problemas de mecánica no sean evidentes. Continúa el descenso, a un ritmo mucho más vertiginoso, ya no queda tiempo prácticamente para nada. Solo para quitar el último pedazo de ropa y aprovechar para apreciar las caderas como debe hacerse, como si dejar el rosado sexo al descubierto fuera secundario.
Lo cierto es que podría parecer que aquella parte tan resguardada va a ser objeto de un festín como si de un filete de los gordos se tratase. Pero no, esa no es la intención. Por eso primero toca dar un paseo por la cara interna de los muslos, degustar el calor que se desprende de la inmensa cantidad de sangre acumulada por el cuerpo ahí. Disfrutar del olor único de cada mujer, la memoria que mejor funciona es la que relaciona los recuerdos con los olores. Hay que aprovecharlo, las cosas que son así no se deben olvidar. Pero tampoco es plan de que se duerman ahí, ahora que las cosas se ponen serias.
Por eso él sube lentamente, a besitos, como si se tratase de los pasos de un niño, los va clavando en el suelo, en las ingles. Pero la lengua está impaciente y a veces no sabe esperar de tal manera que comienza a rastrear la húmeda entrada, primero baja por un lado, luego sube por el otro, realiza el camino inverso, se detiene, se asoma a la caverna y poseída completamente empieza a buscar algo, sabe que ahí no está, pero se hace la remolona. ¿Qué urgencia hay? Ninguna, así que cuando está cansada de pasearse se pone, por fin, seria y trepa hasta su compañero. Ni se ven, ni se huelen, ni se oyen. Pero se han sentido, su amigo del alma está impaciente, se ha estirado, se ha endurecido y espera sus caricias.
La lengua comienza con el ritual, empieza tirando de él desde abajo muy suavemente, con mucha dulzura, tapados en la boca, con los dientes resignados a mirar la danza el clítoris y la lengua bailan al ritmo del I believe to my soul. Continúa la lengua moviéndose de un lado a otro, pero no agarra con fuerza, no. Lo hace tan finamente que cualquiera podría decir que son dos amigos que bailan para pasar el rato. Y no paran aunque las orejas empiezan a gritar que esto no puede continuar, que es un infierno, que ella está desesperada, que no se puede ser así.
De tal manera el espectáculo es digno de lástima que él, sin preguntar, sin decir nada, se decide a poner fin a todo aquello. Podría hacerlo de muchas maneras, incorporándose, huyendo, dejando que pase el frío helador de la habitación a la sala de baile. Pero eso sería ser muy cruel, no lo saben, pero esos dos no son amigos, son amantes que se quieren. Así que una pareja de dedos se transforma en brazo ejecutor y entra en la caverna para apretar por debajo. Instantes después, ahogados en una babeante masa, acaban con el circo. Él aún está entendiendo lo que ha pasado, su demencial baile con ella ha terminado con un gritito desolador.
La lengua se marcha hasta la próxima vez. Sin saber cómo, aparece en el cuello. Ahí no le queda más por hacer, así que descansa y observa tranquilamente como en un exquisito abrazo los labios besan el cuello. Y así, agarradita, la pareja piensa pacientemente que esto no ha hecho nada más que empezar.