lunes, 16 de mayo de 2011

Qué cabrón!

Aquí conmigo hoy está un tipo que no comprende muchas cosas de las que le pasan a su alrededor. ¿Como a todos no?

Ahora está haciéndome cavilar acerca de las muchachas. Interesante tema para una noche de copas entre caballeros, sin duda. Se cumplen aniversarios importantes, dignos de recordar y llorar pero la verdad es que eso llena bastante más que los hielos las copas. Así que picado por la exquisita conversación, comienza la aventura de conocer una auténtica historia llena de desengaño. Según me va contando va apareciendo sobre el borrador, en algún momento le tendré que dar una vuelta. O no, lo mismo se queda al natural. Ya veremos.

Me cuenta que hace tiempo, bastante tiempo, conoció a una muchacha bastante guapa en algún sitio perdido en mitad de la nada. Para luego reírse de eso de que el amor se encuentra cuando dejas de buscarlo. Ciertamente él hacía como que no lo buscaba. Se pensó de hecho que con su audaz artimaña de no darle importancia al tema había engañado al puto Karma.

Así, como quien no quiere la cosa, le empezó a dedicar muy “desinteresadamente” tiempo a las chorradas esas que le contaba la paisana sobre sus cosas. La verdad es que a veces los tipos damos vueltas muy absurdas para meterla. Con lo fácil que es. Pero bueno, digamos que tuvo un día tonto el pobre y que estas cosas le pueden pasar a cualquiera. Poco a poco su desgracia se iba fraguando a través de diminutas conversaciones al otro lado del tercio. Despacito y con buena letra la muy arpía, que buscaba lo mismo que él, con la salvedad de que no tenía rabo, claro, ya me entendéis; fue poniendo pequeñas dosis de droga en sus palabras. Ni siquiera el aquí de cuerpo presente lo notaba. Pero empezaba a encontrarse raro por las noches en su camita, su edredón de Zipi y Zape ya no le abrigaba tanto. Seguía teniendo frío por las noches, cada vez más intenso. Se levantaba por las mañanas y se daba cabezazos con la pared porque no había soñado con lo que le hubiera gustado. Paraba de trabajar y el muy idiota suspiraba.

Aún, por aquél entonces, no se había molestado en escuchar a sus valientes camaradas que le decían que esa tía era una perra que le estaba haciendo algo. Yo mismo se lo decía a veces. Le decía, ten cuidado. Pero no me hizo ni puto caso. Idiota, ahora me está llorando. Esa droga le había enganchado. Ya no podía hacer mucho más que reconocer que le gustaba. Incluso en público lo hizo. Y, por supuesto, se lo dijo a la mala de la película.

Ella, que sabía leer perfectamente la situación, cambió de marca de cerveza favorita. Dio un salto inmenso y pasó de alguna rubia cualquiera a la Guinness. Ni más ni menos. De la noche al día en una milésima de segundo. Y al cambiar de cerveza, cambio de aspiraciones. Ya no era divertido tomar cervezas con él, no. Era más entretenido leer sus mensajes de buenas noches en su día a día. Mucho más festivo era ver como se acumulaban uno detrás de otro sin posibilidad ni interés en su respuesta. Un día antes de escuchar como sentaba su droga, se habría esmerado durante media hora, si fuese necesario, en darle las buenas noches. Incluso antes de que él lo hiciera.

Eso era porque no había probado lo que estaba degustando ahora. Cómo de bien se lo pasaba viendo al otro correr detrás de ella. Tratarle como un yo-yo, tirarle contra el suelo, sujetarlo de la cuerdecita y en el momento preciso, con un suave movimiento de su (hay que reconocerlo) preciosa muñeca subirlo hasta su mano. Y empezar de nuevo mil veces más. Siempre con el mismo ritual, alguna sonrisa que lo tiraba contra el suelo, pequeños monosílabos que lo distraían mientras daba vueltas y, de repente, un comentario audaz y una promesa con un poco de cariño (del que solo ponen las mujeres malvadas) y vuelta a su mano.

Claro que al final pasó lo que tenía que pasar. Mi querido colega le empezaba a poner ojitos al inmenso cuchillo de cocina que adornaba el cajón de las cucharillas del café. Donde con la frente dolorida de los cabezazos hurgaba para agitar su desayuno. Las venas al fin y al cabo no valían tanto como ella. En su momento me preguntó que quizás es de donde le estaba agarrando. Ya le dije que no. Tranquilos. De ahí no era. Era de los huevos. Pero que no se los cortara tampoco, que le hacían falta para tener barbita de tres días. Así que se comenzó a centrar de salir del círculo vicioso.

Mucho tiempo ha pasado desde que empezó la cosa a ponerse fea de verdad y vivo, pero sin muchas ganas de continuar en ese curioso estado, un día llegó la hora en la que a ella, por fin se le fue la mano y no quedaba energía en el yo-yo para que llegara hasta arriba. Lo cierto es que ella se esmeró en recoger la cuerda, con cariño y con dulzura le apretó suavemente los huevecillos en su manita derecha. Pero estuvo rápido y se escapó de aquello. Es verdad que no podía salir corriendo (joder, por algo se dice aquello de coger por los huevos). También es verdad que a veces, cuando suavemente movía los deditos no quería irse, pero tenía mucha fuerza de voluntad y para demostrarlo, dejó de fumar mientras huía de sus garras.

Al final, fue normalizando la situación, al principio eran cambios muy sutiles, pero poco a poco ella misma se dio cuenta sola de que ya no tenía juguete. Ni siquiera un perrito faldero para dar una patadita de vez en cuando. No. Era una putada. Además comprendió que no se había comportado correctamente. No haberle mostrado realmente su escala de preferencias con una equis roja y muy grande en ella con su sitio lo había estropeado todo. Y comenzó a añorarle porque era muy divertido, entre otras cosas. (Todo esto lo sabe porque una cosa es estar dolido y otra ser orgulloso, al diablo también hay que escucharle).

Ahora ya ni se mirarían si se encontraran por la calle. Es un error, ambos han aprendido la lección y deberían probar de nuevo. El Karma es un cabrón que sabe lo que piensas cuando haces algo. Si no lo tienes en cuenta, su castigo será inmenso. Porque no se conformará con joderte como es habitual. No. Te va a dar por el culo porque le has intentado engañar.

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