Una calle vacía, muchos coches aparcados a los lados, árboles junto a ellos, la puerta de un bar que cierra y personas que huyen a lo lejos. Dos canallas se quedan rezagados al abrigo de un portal.
Uno busca las llaves de su casa en el bolsillo de la chupa. Mientras pone cara de disimulo. Felicidad. Están ahí, donde las dejó, justo por si las necesita. Menos mal, ha mandado limpiarla, está bastante decentilla. Hay que aprovecharlo.
Comienzan a andar, pasitos cortos, sin prisa, sin intención de llegar a ningún lado. La calle es larga. Ya no se ve a nadie. Un descampado a lo lejos. Un edificio extraño en medio de mediana. La mente puesta en la mano. Al menor roce se aprietan los dedos un poco. Si no se mueve nada dentro, se aprieta un poco más. Ese es el plan. El alcohol viene en su ayuda. Los lanza uno contra el otro.
Hay que cruzar la calle. Maldito semáforo. Son 4 carriles, en mitad de la noche. No pasa nadie, no se oyen coches. Se paran a que se ponga en verde. Esperan pacientemente. Conversa uno frente al otro. Hablan muy bajito. No se oyen y se acercan más. Se cansan de estar parados y cruzan hasta la mediana dos de los carriles. Vuelta a empezar. Esta vez, ya no saben ni qué decir, un par de miraditas, un par de sonrisas de medio lado y ya, por fin, se besan. Lo podrían haber hecho en el puñetero portal.
Comienzan a ahogarse, saben que les van a doler los labios dentro de poco y necesitan parar. Aprovechan el receso para acercar las frentes y cuchichear. El tipo le dice a la otra que su casa está cerca, que vayan a beber. La calle está vacía, no se dicen nada pero cruzan hasta el otro lado.
Le responde que está de acuerdo, pero que tiene que ser una rápida, que tiene que volver a casa pronto para estudiar al día siguiente. El contempla la luna llena y le dice que claro. Los árboles se agitaban con fuerza y tenía pinta de que iba a haber una gran tormenta.
En la puerta de casa, él, muy orgulloso le dice, ven que te enseño la casa. Aquí está el salón. Aquí la cocina. Aquí el baño. Y aquí mi cama. Estoy encantado con ella, es muy cómoda y muy grande. Se sientan los dos, uno junto al otro, en el borde de la cama. Muy muy juntitos se comienzan a mirar. Al principio se besan como con vergüenza, pero poco a poco eso desaparece, la pasión hace presencia en el cuarto y follan como si se acabara el mundo.
Al día siguiente, rato después de que hubiera salido el sol, salen de la cama y desayunan tranquilamente. Se despiden en la boca de metro más cercana y no se vuelven a ver en la vida.