miércoles, 18 de mayo de 2011

Los sueños molan, pero mola más echar un polvo.

De madrugada, aún cuando el sol no había salido, una pareja viajaba por un puerto de montaña. Aún era de noche, pero quedaba muy poco para que saliera el sol y había que darse mucha prisa, así que él aceleró un poco más. Habían huido de la inmensa urbe para contemplar aquellos acantilados de piedra sobre los que el coche había comenzado a ganar altura muy deprisa. Mientras ella dormía tapada con una manta a su lado, él se encontraba muy espabilado para haber estado conduciendo toda la noche y no podía dejar de pensar en lo feliz que era.

Por fin, la cima del puerto apareció ante sus ojos y el pequeño mirador, tal y como estaba previsto, estaba vacío. Paró suavemente el coche y le dio un besito en la mejilla para que despertara. Así lo hizo y ella le devolvió el beso a él. Bajaron y se sentaron en el suelo apoyados en el coche; tapados con la manta porque aún hacía fresco. Cumplieron el cometido de aquel viaje, vieron salir el sol por encima de las montañas. Pero no tenían ninguna prisa y dejaron que subiera bastante, sin moverse un solo centímetro. Para cualquiera que los hubiera visto parecería una eternidad, pero para ellos no fueron más que unos minutitos. Lo que fue eterno fue el tiempo que tardaron en colocarse, ella acurrucadita sobre él. Él apoyadito sobre ella, rodeándola con su brazo.

Realmente no había mucho silencio, pero era bastante para que no se perdieran ni el más mínimo detalle. Solo se oía el ruido del vientecillo que agitaba las hojas de los árboles del valle, las gotas de aceite que caían calientes dentro del bloque del motor del coche y algún que otro pajarillo. Pero eso no les importaba, es verdad que los ojos estaban ociosos contemplando, pero los oídos tenían cosas que hacer, tenían que escuchar sus latidos, ver si era posible que de una vez fueran como uno solo.

No hubo manera, aquellos dos no podían formar parte de una misma banda de rock. Entre ellos, no solamente no iban a la vez, si no que ni siquiera entre ambos surgía un ritmo duradero. Es verdad que a veces, durante algunos minutos parecía que aquello empezaba a funcionar, pero en seguida se veía que no era más que un espejismo.

Él, desanimado por la realidad, cansado por el esfuerzo de toda una noche en vela, se sintió vencido y le pidió que bajaran al valle, a buscar una cama para dormir. Pero ella le miró muy fijamente a los ojos durante un instante que parecía un siglo y le besó. Así comenzaron a juntarse más aún hasta que echaron un polvo. Y no fue más que eso porque en el ambiente se respiraba el olor de otra persona. No estaba presente pero él lo intuía y ella lo buscaba con cada movimiento, lo llamaba con cada gemido. Cuando terminaron, como siempre, hubo un largo abrazo de rigor, un puñado de besitos y miradas y sonrisas a granel. Pero en el fondo sabían que era hasta ahí a lo más alto que podían aspirar a llegar juntos y que tarde o temprano sería mejor volver al mundo real.

Él, sin la prisa de tener que llegar a tiempo a ningún sitio, descendió hasta el pueblo más cercano con paciencia disfrutando del silencio sepulcral que se había levantado entre los dos. Le permitía pensar con claridad. Paró frente al primer hotelillo más o menos decente que vio.

En la habitación había camas separadas. Pero él que sabía que no tenían mucho más margen de maniobra en la recepción del hotel le dijo a ella: “Échame una mano para juntarlas, nena”. Ni falta que hacía decir nada más. Ambos habían entendido que quizás no podrían juntarse y escuchar una balada perfecta a base de latidos, pero que se querían mucho igualmente y que en el mundo ya hay música suficiente para los dos. Y no dejará de hacerse nueva, nunca. Además, en la mente siempre quedará sitio para imaginarse esa balada perfecta a base de sueños que ninguno había escuchado jamás; por lo que así tampoco están renunciando a absolutamente nada. Ahora bien, de lo que no andaba sobrado el mundo era de personas con las que salir huyendo cualquier día, a cualquier sitio y pasar tan buenos ratos como el de esa mañana, al fin y al cabo se querían (aunque podrían quererse más) y se hacían felices el uno al otro día tras día.

1 comentario:

  1. vaya... me encanta... creo que es el que mas me ha gustado hasta ahora de todos. Te felicito ^^

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