Yo no creía en las cosas arregladas entre amigos, pero tú merecías la pena. Fue un día de primavera, hace tantísimos años. Aún era un proyecto de hombre y tú eras una mujer que lo había visto casi todo. Y madre! Qué mujer! La verdad es que pocas veces he visto algo así.
A tú amiga le dijiste “venga vale”. Y ella le dijo a mi amigo que estabas de acuerdo. Yo no era un hombre y no podía decir que no. Más me hubiera valido decirlo, un buen palo me hubiera ahorrado. Pero me sirvió para crecer.
La mañana pasó en el instituto como todas las mañanas, siempre miraba el reloj y quedaban veinte minutos de clase, durante seis clases. Pero había una diferencia. Sabía que a la salida allí estarías, esperándome.
Llegó el gran momento, iba a verte a solas. A solas, yo. Con la mujer más guapa que había visto nunca, o al menos eso me pareció en su momento. Y lo que me podías llegar a poner. No todos los días se tienen 16 años y uno es muy sensible en esa edad a estas cosas.
Bajo la atenta mirada de montones de camaradas, ese viernes, a las 14:30 nos resguardamos en un rincón de aquellos sórdidos soportales. Y comencé a besarte. Es verdad que aún no sabía lo que sé ahora, pero apuntaba maneras y tú no me hacías ascos.
Tú lengua desapareció de tu boca y ella me quitó la mía. Tenía toda la tarde por delante y no tenía ninguna prisa por conocer las profundidades de tú anatomía. Al fin y al cabo, no tendría que volver a casa hasta que me diera la gana. Pero en ese momento de duda y de tener las cosas claras, me dijiste que habías quedado. Qué ingenuo soy! Vernos luego. Eso no iba a pasar y lo sabías.
De todas maneras corrí a mi casa, comí deprisa y volví. Y volví a esperarte donde habíamos quedado. Nunca volviste. Cansado, ya de noche, borracho y triste me marché. El teléfono sonaba camino de casa. Eran ellos, los que nunca fallan, los camaradas. Habías ido. Habías ido mucho más tarde. Mucho, mucho.
Ya no tenía ganas de volver a verte y no fui. Y no fui cuando tuve la oportunidad. Pero maldita suerte, al lunes siguiente ya no estabas allí. Ya no volverías a verme, ya no volvería a verte. ¿Qué fue lo que pasó? Muy sencillo, este mundo no era lo bastante grande para ti y para algún coche que pasaba por la calle.
En el espacio y en el tiempo no puedes coincidir con los que son más grandes y más metálicos que tú. Eras muy fuerte pero él lo era más y se llevo todo aquello que eras tú. Te quitó, me quitó aquella sonrisa pícara de niña traviesa hecha mujer, me quitó esa mirada de ojos verdes, me quitó ese cuerpecillo que tenías y que ansiaba, me quitó esos morritos que ponías cuando fumabas tus cigarrillos, me quitó esas mejillas rojitas que me moría de ganas por acariciar con mis manitas de niño, me quito a ti.
La suerte aún sigue cruzándose en mi camino cada mañana, no como en el tuyo. A saber dónde estás ahora. Perdóname por no haber vuelto, estaba dolido y soy rencoroso. Pero contigo solo iba a serlo aquella noche. Han pasado los días, los meses y los años y cada mañana me gusta acordarme de ti. No tardó en borrarse de mi mente la imagen de decepción que sentía hacía a ti. Y solo dejó mucho cariño. Un cariño que nace de la curiosidad que me quedó por conocerte del todo, de saber que se sentía al acariciar tu finísima piel, de no tener que imaginármelo para siempre. Nunca hubo nada entre ambos, ni lo hubiera habido fuera de aquella tarde. Ya nunca lo habrá porque tú no existes y yo sí existo y, por lo tanto, pertenecemos a mundos diferentes, tú a un pasado y yo a un presente que se acaba de marchar.
.. siempre me sorprendes.....
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