lunes, 28 de marzo de 2011

Ella y él. Primera parte él

Todos tenemos derecho a soñar como queremos vivir el amor cada noche. Él también. Podría arrojarse a las vías del tren y pedirte que llamaras, podría lanzarse al vacío desde un puente y esperar a que miraras o podría vivir con un sueño dentro de la cabeza. Pero no el vividor, el que sabe que la vida prepara sorpresas interesantes para el que sabe esperar.

Mientras espera, él prefiere soñar. Soñar con el tiempo detenido por completo en ambas bocas, los cuerpos se acercan lentamente, tu pecho contra el suyo, su brazo en tu cintura, tu mano en su nuca, un beso. Sólo es eso. Pero se convierte en uno tras otro, como un cigarrillo. Poco a poco las manos recobran la vida, acarician la ropa que cubre el cuerpo como si no existiera, hace el mismo efecto. Ya nadie quiere separarse. Hay que abrir la puerta de casa, las llaves entran en la cerradura y se abre la puerta, donde simplemente pone E. La cama está deshecha pero poco importa, el nórdico está cerca, con eso sobra.

Acostados uno frente al otro, las manos no han dejado de tocar, tú con las tuyas le agarras con fuerza y ritmo, él bucea con la suya en ti. Mil veces os perdéis por turnos bajo la manta hasta que llega el momento de plantear el fin de la historia. Tú primero, luego él, otra vez tú, otra vez él, los minutos se suceden y aunque no hubo tiempo ni para la música, compartís el mismo ritmo, fundidos tocáis la misma balada. Ni siquiera el olor a cuerpos, a sexo, que envuelve las sábanas presagiaba un final así. A la par un inmenso rayo atraviesa vuestras cabezas, inundándolas de la pesadilla del fin, del sueño del principio de algo. Cada uno lo toca con un color, lo ve con un sonido y lo oye de un tacto. Instantes en los que uno no sabe que le ocurre, pero es capaz de entender al otro. Acabó. El fin ha llegado, abandonados uno en los brazos del otro es inevitable pensar en el futuro. Cada uno con sus sueños, piensa en qué ocurrirá mañana. De momento, no va a ocurrir nada. La noche ha terminado y solo queda tiempo para fumar.

Su sueño se reduce a que te acerques a él, a un gesto de complicidad, de aprecio, una mirada, un roce suave en un ascensor, algún error que desencadene el fin del mundo. Porque inevitablemente el error no llevaría a otro sitio. Pasaría por muchos estados previos de camino al averno, pero ahí acabaría.

La traidora realidad ha deparado una triste sorpresa para él. Porque es verdad que consiguió poner en duda el valor de tus deseos, convertirlos en nada y sembrar uno nuevo, uno pequeñito, uno que te asalta en el último minuto de antes de dormir, es todo lo que puede sacar de ahí. Ya no puede aspirar a más.

Poco hace que te encontró no sabe dónde. Ignoras al resto pero la excepción confirma la regla, a él sí le explicaste que tenías dueños para tus sueños; con todo lujo de detalles le enseñaste que ahí no pintaba nada, que su futuro estaba lejos de ti porque no daba la talla, que tenías otros mejores. Pero estas cosas son caprichosas y la perseverancia del que sueña con el mañana, con el nada que perder y el mucho que ganar no es comparable a tu tozudez. A base de pasar las noches en vela, deseando encontrar la conversación perfecta, consiguió hacerse un huequecito minúsculo en tu inmensa vida saturada con tabaco y alcohol.

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